En la acotación anterior cometí un error. La explicación dispersa de la vida de Gabriel no está puesta sin razón sino para explicar el trasfondo de su historia aunque ésta tome un rumbo muy diferente que no incluya a su primer antagonista (Miguel).
Adelanto un poco de ésta. La visión de un nuevo personaje...
En fin... sigamos leyendo...
La casa de Edmunda
Me quedé contemplando la figura de mi padre mientras Stella se dirigía corriendo hacia su casa y cerraba la puerta dando un estruendo. Entonces, mi padre se despertó y se sacó del bolsillo de la remera una lapicera roja reventada que había explotado y le había manchado toda la remera. Al verlo reírse, me dieron ganas de dejarle el ojo morado pero él me dijo en tono serio:
- A este niño tienen que vigilarlo. Mirá que dejarle usar un arma. ¿Se creen que porque son policías, los niños pueden usar sus cosas? Pudo matarme en serio.
- Mirá, la verdad es que me sorprendió mucho verte así como muerto si el Nuni tiene más mala puntería que ciego con parkinson. – contesté, empezando a reírme para sacarme los nervios. – ¿Y qué? ¿Le decimos que era todo una broma?
- No, dejá. No voy a presentar cargos pero mejor que al menos se queden los padres con cargo de conciencia.
Los días siguientes, mi padre evitó encontrarse con los Muñoz pero yo quería gozar a Gabriel un tiempo más. El niño me daba mucha bronca porque era todo lo contrario de lo que para mí debía ser un hombre: no era fuerte ni trabajador ni siquiera valiente. No le gustaba jugar al fútbol, no se entretenía desarmando cosas para ver qué tenían adentro, no se enredaba en peleas, no molestaba a las niñas del barrio… ni siquiera se defendía cuando intentaban golpearlo. Mis compañeros del colegio se aburrieron de intentar patotearlo porque reaccionaba igual que un muñeco de ésos a los que uno golpea y vuelve a estar de pie. Ni siquiera lloraba o gemía.
A mí me molestaba el ver que jamás reaccionaba a ningún estímulo a ser un niño común. Por eso me daba siempre tanta bronca el solamente verlo. Pero desde ese día, me divertiría haciéndole sentir mal…
Pero ni siquiera resultó divertido intentarlo: no porque viera en él reacciones lastimeras sino porque no se le movía un pelo. Sé que empezó a ir a la iglesia pese a que su familia era atea y hasta se hizo bautizar. Cuando lo veía salir, me le acerqué y le dije en tono serio:
- ¿Qué? ¿Prometiste ir a misa todos los días a ver si Dios te perdona lo que le hiciste a mi familia?
- No, empecé a ir porque me sentía vacío. Me preguntaba qué iba a pasar con el alma de tu papá y como no encontraba una respuesta, decidí buscarla acá… y descubrí que a mí lo que me faltaba era justamente Dios.
- El único capaz de perdonar tu crimen. – repliqué intentando borrar de él la sonrisa de enamorado de Dios.
- Sí. Claro que, para que Dios me perdone, debo tener fe en su perdón y seguir adelante sin alejarme de él. ¡Dios es amor, Robertito! ¡Y yo nunca me había dado cuenta de lo bueno que era para mi vida! – Entonces, yo salí corriendo sin saber si el chico realmente era un muñeco que se levantaba después del golpe o si me estaba tomando el pelo como a un tarado. - ¡Perdoname, Robertito!
En fin, ni así podía conseguir molestarlo. Era como si se hubiese puesto un escudo muy fuerte para no tener que enfrentar mi venganza. Esperaba, al menos, que él estuviese sufriendo verdaderamente.
Pero un día se me presentó la oportunidad perfecta para arruinarlo. Stella se acercó a mí, un tanto perturbada y me comentó que Gabriel había estado pintando un retrato que no dejaba ver a nadie pero que ella había visto por curiosidad… y había visto algo que no podía creer y que no la dejaba dormir.
- ¿Pintó algo horrible? – le pregunté, intrigado. – Ya me parecía que el Nuni tenía su lado oscuro.
- Te aseguro que, si la Toty lo viera, sería el fin de su amistad con mi hermano. – Entonces me di cuenta de que ella me estaba incitando a usar aquel dato en contra de Gabriel y le sonreí a mi amiga con maldad. Para mi sorpresa, ella hizo lo mismo. Stella no soportaba a esa Toty porque decía que le quería quitar la masculinidad a Gabriel y le metía en la cabeza esas ideas de Dios, del arte, de que los deportes llevaban siempre a la violencia y que el uso de la fuerza bruta esa solamente de bárbaros.
- Igual, mañana nos mudamos a San Luis así que se van a separar seguro pero yo quiero algo más definitivo.
A la mañana siguiente, Stella robó el cuadro que su hermano estaba a punto de terminar y corrió a mi casa a mostrármelo. Como era un día sábado, su hermano estaba de visita en casa de Toty para despedirse de ella así que no le prestó atención al cuadro pero cerró la puerta de su cuarto con llave. “Claro que eso nunca fue para mí un obstáculo” dijo ella mientras reía con crueldad. Y, por fin, me lo mostró. Al verlo, no sé si me puse blanco y después rojo, si sentí lástima por él o regocijo por saber que él estaba sufriendo mucho o si solamente miré a Stella con cara de idiota.
Mucho tiempo había fantaseado con ver lo que había en el misterioso cuadro. Los últimos días me había imaginado el cuadro de mi padre muerto y desmembrado o la de algún demonio maldito (incluso a Gabriel vestido con tutú); pero al ver por fin el retrato, supe que hubiera preferido ver a mi padre desmembrado.
- Esto sí que le va a disgustar a la Toty. – murmuró Stella, contemplándolo una y otra vez con suficiencia como si ella misma lo hubiese pintado. – cuando venga, la llamamos y se lo mostramos.
Como si hasta los dioses y los espíritus estuviesen en contra de aquella relación melosa, las cosas salieron tal como Stella las había planeado. Gabriel y Victoria llegaron juntos a la casa de él, Gabriel entró a la casa y le dijo que lo esperara mientras iba a buscar algo de jugo y Toty se quedó sola sentada en la verja de piedra. Al verla, corrimos hacia ella llenos de entusiasmo perverso.
- ¡Toty, a que no adivinás qué es lo que tenemos! – exclamó Stella, sin poder disimular su entusiasmo.
- Un cuadro. – contestó Toty, con indiferencia mientras veía el cuadro que Stella tenía (dado vuelta para que la niña no lo viera aún).
- Sí, pero no es un cuadro cualquiera. – repuse yo, en tono misterioso. – Es ése que el Nuni no deja que nadie vea.
- ¿Y por qué lo tienen? Él me dijo que era muy importante para él y que no podía dejar que nadie lo viera. – inquirió Toty, ahora indignada.
- ¿No lo querés ver?
- No, no quiero. – la niña miró hacia otro lado.
- ¿Segura que no querés? – la tentó Stella. Toty intentaba parecer convencida pero la miraba de reojo tratando de disimular su curiosidad. - ¿No te da ni un poquito de curiosidad?
- ¡A verlo! – Stella dio vuelta el cuadro y Toty se quedó pasmada al verlo. Sé que no quiso decir nada por no ponerse a llorar porque se paró y se fue corriendo a su casa sin siquiera esperar a su amiguito.
Al rato, salió Gabriel con una jarra de jugo y dos vasitos de plástico y no llegó siquiera a preguntar dónde estaba su amiga cuando me vio a mí con el retrato que él le había prohibido tocar a todo el mundo.
- ¿Se lo mostraste? – me preguntó, con los ojos húmedos.
- Sí, y me voy a seguir vengando de lo que nos hiciste.
- Bueno, hacé lo que quieras. Te lo regalo. – Gabriel entró en la casa con esa tranquilidad que tanto me irritaba y creo que en ese momento me dieron ganas de llorar de rabia porque no había conseguido verlo quebrarse frente a mí y suplicarme perdón o, por lo menos, intentar golpearme.
miércoles, 27 de mayo de 2009
martes, 26 de mayo de 2009
Capítulo 1
Acá va otra de mis novelas con interés de llegar a mis allegados (valga la redudancia): algunos amigos de Mercedes, otros de Córdoba, al ex amor de mi vida por medio de pequeñas y grandes alusiones (algunos se convierten en personajes, otros están de pasada).
Esta historia trata de dos amigos que se conocieron en la adolescencia luego de vivir cosas bizarras que marcaron sus vidas. El primer capítulo es algo "misleading" cuyo contenido no hace completamente a la historia pero bueno. Espero que les guste... Ah, y toméun personaje de ficción que me gustaba mucho
Gabriel Muñoz estaba saliendo de su oficina para almorzar y apremió a su hijo para que lo siguiera, con voz autoritaria. El hombre era comisario de la central de policía y era bastante respetado por sus colegas. Él tenía sus expectativas puestas en sus dos hijos (que aún eran niños) para que siguieran sus pasos y llegaran más alto que él. Su mujer, Sandra, trabajaba como oficial en la misma central y adoraba su trabajo porque con el tiempo se había vuelto una experta.
Gabriel Junior, el muchachito, odiaba tener que responder a las expectativas de sus padres porque a él no le gustaba la violencia. Él prefería sentarse en un lugar tranquilo y dibujar o tocar el piano. Como sus padres pensaban que contratarle a un maestro para que le enseñara, el muchacho aprendió a tocar de oído y hasta había compuesto algunas sonatas. Usualmente lo acompañaba una amiga llamada Victoria, en quien él se inspiraba para componer y quien adoraba escucharlo hasta que un día le pidió que hiciera canciones para que ella pudiera cantar ya que la niña se había descubierto talentosa para eso.
Victoria y Gabriel Junior siempre estaban juntos tocando el piano, cantando algo, pintando y a veces ella le daba lecciones de tango. Sus padres suponían que los niños se gustaban ya que, pese a tener sólo once años, ya estaban en edad de mirar al sexo opuesto. A Sandra no le agradaba la idea de tener que compartir a su hijo con otra tan pronto pero a Gabriel, en cambio, le fascinaba la idea de saber que el niño no tenía inclinaciones hacia los de su mismo sexo.
- Que prefiera las actividades creativas a la violencia no lo hace gay. – protestaba Sandra, mientras almorzaban juntos.
- No sé, Sandra, preferiría que aprendiera un poco nuestro oficio: a ser más observador, autoritario, a defenderse… debería ser más fuerte. – murmuraba Gabriel, preocupado mientras observaba a su hijo difuminar el color de un lápiz para crear un efecto de luz sobre su dibujo.
- ¡No le vas a enseñar a disparar con el revólver! – lo reprochó su mujer. – Todavía es muy chico para eso.
- De eso se encarga Miguel y te aseguro que el chico está muy lejos de querer apretar el gatillo.
- Papá, ¿no me puedo ir a casa? ¡Estoy aburrido acá! – protestó Gabriel Junior mientras guardaba las cosas de dibujo en su mochila del colegio. - ¿Por qué tengo que venir acá siempre desde la escuela?
- Porque queda más cerca. – contestó Sandra, en tono severo mientras se llevaba unos fideos a la boca.
- ¡Pero yo me sé tomar el colectivo!
- ¡Qué vas a tomar el colectivo vos! ¡Si sos más colgado que Tarzán! – lo recriminó su hermana, que acababa de llegar del colegio. Su nombre era Stella Maris y tenía sólo unos meses más que él. - ¡La otra vez te tomaste el colectivo equivocado y te dejó en la loma del culo!
- ¡Stella! – la regañó su madre, al oír la última palabra.
- ¡Ah, mamá, si acá todos hablan así! – Se defendió ella, distraídamente - ¡Y encima nos tomó toda la tarde buscarte porque ni sabías en qué barrio estabas ni sabés la dirección de tu propia casa!
Stella Maris y Gabriel Junior se llevaban bastante mal aunque a veces se aliaban para conseguir algo y se defendían mutuamente cuando alguien los molestaba. Tanto sus personalidades como su manera de ver la vida eran contrastivas: mientras que Gabriel Junior era sensible, callado y cuidadoso de sí mismo y de quien lo rodeaba; Stella Maris era agresiva, charlatana y atrevida. Ella quería llegar a ser inspectora de grande y seguir los pasos de sus padres. Adoraba ir a la central después del colegio porque le gustaba ver las patrullas, las personas uniformadas y porque se moría de ganas de aprender a manejar un revólver y a manejar una patrulla. Su padre, orgulloso, le había dejado a veces meterse en uno de los autos para tocar la sirena (siempre que no distrajera a la gente que trabajaba) y le enseñaba los tipos de infracciones que cometían las personas en las calles (desde infracciones de tránsito hasta asaltos). Aun así, él no descuidaba su rol de padre y trataba de protegerla de cualquier conocimiento que pudiese hacerle daño. Jamás le dejaba ver los artículos en los periódicos en los que se veían fotos de asesinatos sangrientos ni pensaba llevarla (ni dejar que la llevaran) a un calabozo o a la prisión. No era que no quisiese mostrarle la realidad sino que la realidad que se veía allí era distinta de la que veía la gente de afuera.
La familia Muñoz tenía un origen bastante peculiar: Gabriel y Sandra habían formado un matrimonio feliz pero por separado. Antes de casarse con Sandra, Gabriel había tenido por esposa a una mujer llamada Ana y Sandra también se había casado con un hombre llamado Juan Cruz Lorenzo. Ana estaba a punto de tener una hijita al tiempo que Sandra estaba embarazada de tres meses de un varoncito. Entonces ocurrió una desgracia que separó a ambas parejas. Afortunadamente, Gabriel se quedó con la niña y Sandra tuvo a su bebé seis meses después. Como no podían estar solos teniendo cada uno un bebé, decidieron juntarse para cuidarlos y acabaron uniéndose en matrimonio.
Así, los dos bebés acabaron siendo hermanos y criándose juntos. Para que cada padre se sintiera más cercano al hijo del otro, Sandra nombró a la niña “Stella Maris” y Gabriel le dio su nombre al bebé de su mujer.
Pero la familia de Ana (la ex esposa de Gabriel) no aceptó la unión. Miguel, se llevaba bastante mal con Sandra y quería lastimar a su hijo aunque todavía no se le ocurría una forma indirecta de lograrlo. Por el momento, se dedicaba a mostrarle todo lo que Gabriel se negaba a mostrarle a su hija e intentaba enseñarle a manejar un revólver.
Miguel se acercó a Gabriel Junior, que acababa de terminar su guiso de carne, y le indicó que lo siguiera porque quería enseñarle puntería. Stella lo siguió entusiasmada mientras su hermano caminaba a su lado de mala gana. Cuando todos estuvieron en el campo de tiro, el hombre le empezó a dar indicaciones al niño pero ignoró a la niña.
- ¡Pero Junior! ¡No seas maricón! – lo regañó Miguel al ver que, cada vez que él apretaba el gatillo, Gabriel Junior se cubría los oídos con las manos y cerraba los ojos.
- ¡Es que me aturde! ¡Tengo oídos sensibles! – protestó él sin destaparse los oídos.
- ¡Acá no hay lugar para oídos sensibles! Dale, probá vos ahora. – Gabriel Junior cogió el arma y se puso frente al blanco sin destaparse las orejas.
- ¡Pero no te tapés los oídos o vas a disparar para cualquier parte! – el niño se descubrió las orejas y dejó que su instructor le enseñase a tomarla correctamente pero, cuando apuntó, no podía apretar el gatillo porque el miedo al estruendo le impedía hacer la fuerza suficiente.
- ¡Ah, sos un looser! – lo insultó su hermana al tiempo que le quitaba el arma y hacía un disparo distraído que dio justo en el blanco.
- ¡Eh, avisá antes de disparar que me aturde! – le recriminó Gabriel Junior, irritado mientras se llevaba de nuevo las manos a los oídos.
- ¡No! ¡Vos no toqués eso! ¡No es para nenitas! – le gritó Miguel haciéndose el responsable.
- ¡Andá! ¡Yo me voy con la mamá para que me lleve a casa! – se quejó Stella marchándose sin saludar a su tío ni a su hermano.
Una vez que toda la familia estuvo en la casa, Stella desapareció como cuando tenía deseos de explorar la casa (que estaba llena de cuartos y pasadizos secretos y que nunca dejaba de sorprender a la niña) y Gabriel Junior se fue a pintar un retrato que no dejaba ver a nadie. Gabriel y su mujer fueron directamente a dormir porque habían tenido un día agotador.
En la noche, algo inesperado ocurrió: eran las ocho de la noche y, mientras Sandra y Gabriel estaban fuera, Stella jugaba en la calle con su vecino Robertito a los policías y ladrones. Gabriel Junior seguía pintando su retrato al tiempo que se preguntaba por qué ese día no había invitado a Victoria a visitarlo. “No, querría ver el cuadro y no se lo puedo mostrar porque no le va a gustar” se contestó.
De repente, oyó ruidos en el patio. Sabía que no se trataba de Stella ni de Roberto porque los habría escuchado entrar y abrir la puerta del fondo porque eran muy ruidosos ni tampoco eran sus padres porque era tonto que intentasen entrar por el patio. Corrió hacia el cuarto de sus padres, revolvió el armario de Gabriel y halló la pistola que se suponía que nadie iba a encontrar. “Es mi salvación” se dijo.
Las luces del barrio se cortaron y la casa quedó a oscuras. Gabriel Junior se dirigió al patio, abrió la puerta del fondo y se dirigió hacia el techo de su casa. Allí vio a una sombra quieta que estaba sentada como tocando algo. Gabriel Junior apuntó cuidadosamente y disparó sin siquiera dar señales de su propia presencia. No sabía quién era ni supo si había acertado (porque cerró los ojos antes de apretar el gatillo) hasta que oyó un alarido de dolor y luego el ruido de una caída estrepitosa del lado de la calle…
Orgulloso de sí mismo, corrió a contarle a su hermana lo que acababa de hacer pero ella, que ya estaba frente al cadáver, detuvo a su hermano para que no avanzara más. Entonces, el niño miró con más atención el cadáver y comprendió el motivo de consternación de su hermana: ¡Acababa de matar al padre de Roberto! Stella Maris tenía el rostro empapado en llanto mientras que Roberto miraba a Gabriel Junior con rabia.
- ¿Quién pudo hacer algo así? – se lamentaba ella, al tiempo que abrazaba a su amigo. Su hermano bajó la cabeza y entró a la casa sin decir palabra.
- No sé, Stella. Hay cada miserable por estos lados… – contestó Roberto en tono sarcástico. – Tal vez fue un niño torpe que disparó al extraño en el tejado solamente para hacerse el héroe sin darse cuenta de que mi papá solamente estaba tratando de conectar la antena satelital.
- ¡No te atrevas a culpar a mi hermano! ¡Él no mató a tu papá! – saltó Stella, indignada y en medio de las lágrimas.
- ¡¿Y entonces quién fue?!
- ¡No sé pero él no fue! – Stella corrió hacia su casa y cerró la puerta con llave. La luz regresó. La niña llamó a su hermano insistentemente pero no tuvo respuesta. Entró en su cuarto y vio justo frente a la cama el retrato que había estado pintando el niño. Él estaba recostado en la cama pero no parecía haberse percatado de la presencia de la chica.
- ¡No puedo creer que hayas pintado eso! – exclamó entonces ella, angustiada y salió corriendo mientras lloraba fuertemente.
Esta historia trata de dos amigos que se conocieron en la adolescencia luego de vivir cosas bizarras que marcaron sus vidas. El primer capítulo es algo "misleading" cuyo contenido no hace completamente a la historia pero bueno. Espero que les guste... Ah, y toméun personaje de ficción que me gustaba mucho
Gabriel Muñoz estaba saliendo de su oficina para almorzar y apremió a su hijo para que lo siguiera, con voz autoritaria. El hombre era comisario de la central de policía y era bastante respetado por sus colegas. Él tenía sus expectativas puestas en sus dos hijos (que aún eran niños) para que siguieran sus pasos y llegaran más alto que él. Su mujer, Sandra, trabajaba como oficial en la misma central y adoraba su trabajo porque con el tiempo se había vuelto una experta.
Gabriel Junior, el muchachito, odiaba tener que responder a las expectativas de sus padres porque a él no le gustaba la violencia. Él prefería sentarse en un lugar tranquilo y dibujar o tocar el piano. Como sus padres pensaban que contratarle a un maestro para que le enseñara, el muchacho aprendió a tocar de oído y hasta había compuesto algunas sonatas. Usualmente lo acompañaba una amiga llamada Victoria, en quien él se inspiraba para componer y quien adoraba escucharlo hasta que un día le pidió que hiciera canciones para que ella pudiera cantar ya que la niña se había descubierto talentosa para eso.
Victoria y Gabriel Junior siempre estaban juntos tocando el piano, cantando algo, pintando y a veces ella le daba lecciones de tango. Sus padres suponían que los niños se gustaban ya que, pese a tener sólo once años, ya estaban en edad de mirar al sexo opuesto. A Sandra no le agradaba la idea de tener que compartir a su hijo con otra tan pronto pero a Gabriel, en cambio, le fascinaba la idea de saber que el niño no tenía inclinaciones hacia los de su mismo sexo.
- Que prefiera las actividades creativas a la violencia no lo hace gay. – protestaba Sandra, mientras almorzaban juntos.
- No sé, Sandra, preferiría que aprendiera un poco nuestro oficio: a ser más observador, autoritario, a defenderse… debería ser más fuerte. – murmuraba Gabriel, preocupado mientras observaba a su hijo difuminar el color de un lápiz para crear un efecto de luz sobre su dibujo.
- ¡No le vas a enseñar a disparar con el revólver! – lo reprochó su mujer. – Todavía es muy chico para eso.
- De eso se encarga Miguel y te aseguro que el chico está muy lejos de querer apretar el gatillo.
- Papá, ¿no me puedo ir a casa? ¡Estoy aburrido acá! – protestó Gabriel Junior mientras guardaba las cosas de dibujo en su mochila del colegio. - ¿Por qué tengo que venir acá siempre desde la escuela?
- Porque queda más cerca. – contestó Sandra, en tono severo mientras se llevaba unos fideos a la boca.
- ¡Pero yo me sé tomar el colectivo!
- ¡Qué vas a tomar el colectivo vos! ¡Si sos más colgado que Tarzán! – lo recriminó su hermana, que acababa de llegar del colegio. Su nombre era Stella Maris y tenía sólo unos meses más que él. - ¡La otra vez te tomaste el colectivo equivocado y te dejó en la loma del culo!
- ¡Stella! – la regañó su madre, al oír la última palabra.
- ¡Ah, mamá, si acá todos hablan así! – Se defendió ella, distraídamente - ¡Y encima nos tomó toda la tarde buscarte porque ni sabías en qué barrio estabas ni sabés la dirección de tu propia casa!
Stella Maris y Gabriel Junior se llevaban bastante mal aunque a veces se aliaban para conseguir algo y se defendían mutuamente cuando alguien los molestaba. Tanto sus personalidades como su manera de ver la vida eran contrastivas: mientras que Gabriel Junior era sensible, callado y cuidadoso de sí mismo y de quien lo rodeaba; Stella Maris era agresiva, charlatana y atrevida. Ella quería llegar a ser inspectora de grande y seguir los pasos de sus padres. Adoraba ir a la central después del colegio porque le gustaba ver las patrullas, las personas uniformadas y porque se moría de ganas de aprender a manejar un revólver y a manejar una patrulla. Su padre, orgulloso, le había dejado a veces meterse en uno de los autos para tocar la sirena (siempre que no distrajera a la gente que trabajaba) y le enseñaba los tipos de infracciones que cometían las personas en las calles (desde infracciones de tránsito hasta asaltos). Aun así, él no descuidaba su rol de padre y trataba de protegerla de cualquier conocimiento que pudiese hacerle daño. Jamás le dejaba ver los artículos en los periódicos en los que se veían fotos de asesinatos sangrientos ni pensaba llevarla (ni dejar que la llevaran) a un calabozo o a la prisión. No era que no quisiese mostrarle la realidad sino que la realidad que se veía allí era distinta de la que veía la gente de afuera.
La familia Muñoz tenía un origen bastante peculiar: Gabriel y Sandra habían formado un matrimonio feliz pero por separado. Antes de casarse con Sandra, Gabriel había tenido por esposa a una mujer llamada Ana y Sandra también se había casado con un hombre llamado Juan Cruz Lorenzo. Ana estaba a punto de tener una hijita al tiempo que Sandra estaba embarazada de tres meses de un varoncito. Entonces ocurrió una desgracia que separó a ambas parejas. Afortunadamente, Gabriel se quedó con la niña y Sandra tuvo a su bebé seis meses después. Como no podían estar solos teniendo cada uno un bebé, decidieron juntarse para cuidarlos y acabaron uniéndose en matrimonio.
Así, los dos bebés acabaron siendo hermanos y criándose juntos. Para que cada padre se sintiera más cercano al hijo del otro, Sandra nombró a la niña “Stella Maris” y Gabriel le dio su nombre al bebé de su mujer.
Pero la familia de Ana (la ex esposa de Gabriel) no aceptó la unión. Miguel, se llevaba bastante mal con Sandra y quería lastimar a su hijo aunque todavía no se le ocurría una forma indirecta de lograrlo. Por el momento, se dedicaba a mostrarle todo lo que Gabriel se negaba a mostrarle a su hija e intentaba enseñarle a manejar un revólver.
Miguel se acercó a Gabriel Junior, que acababa de terminar su guiso de carne, y le indicó que lo siguiera porque quería enseñarle puntería. Stella lo siguió entusiasmada mientras su hermano caminaba a su lado de mala gana. Cuando todos estuvieron en el campo de tiro, el hombre le empezó a dar indicaciones al niño pero ignoró a la niña.
- ¡Pero Junior! ¡No seas maricón! – lo regañó Miguel al ver que, cada vez que él apretaba el gatillo, Gabriel Junior se cubría los oídos con las manos y cerraba los ojos.
- ¡Es que me aturde! ¡Tengo oídos sensibles! – protestó él sin destaparse los oídos.
- ¡Acá no hay lugar para oídos sensibles! Dale, probá vos ahora. – Gabriel Junior cogió el arma y se puso frente al blanco sin destaparse las orejas.
- ¡Pero no te tapés los oídos o vas a disparar para cualquier parte! – el niño se descubrió las orejas y dejó que su instructor le enseñase a tomarla correctamente pero, cuando apuntó, no podía apretar el gatillo porque el miedo al estruendo le impedía hacer la fuerza suficiente.
- ¡Ah, sos un looser! – lo insultó su hermana al tiempo que le quitaba el arma y hacía un disparo distraído que dio justo en el blanco.
- ¡Eh, avisá antes de disparar que me aturde! – le recriminó Gabriel Junior, irritado mientras se llevaba de nuevo las manos a los oídos.
- ¡No! ¡Vos no toqués eso! ¡No es para nenitas! – le gritó Miguel haciéndose el responsable.
- ¡Andá! ¡Yo me voy con la mamá para que me lleve a casa! – se quejó Stella marchándose sin saludar a su tío ni a su hermano.
Una vez que toda la familia estuvo en la casa, Stella desapareció como cuando tenía deseos de explorar la casa (que estaba llena de cuartos y pasadizos secretos y que nunca dejaba de sorprender a la niña) y Gabriel Junior se fue a pintar un retrato que no dejaba ver a nadie. Gabriel y su mujer fueron directamente a dormir porque habían tenido un día agotador.
En la noche, algo inesperado ocurrió: eran las ocho de la noche y, mientras Sandra y Gabriel estaban fuera, Stella jugaba en la calle con su vecino Robertito a los policías y ladrones. Gabriel Junior seguía pintando su retrato al tiempo que se preguntaba por qué ese día no había invitado a Victoria a visitarlo. “No, querría ver el cuadro y no se lo puedo mostrar porque no le va a gustar” se contestó.
De repente, oyó ruidos en el patio. Sabía que no se trataba de Stella ni de Roberto porque los habría escuchado entrar y abrir la puerta del fondo porque eran muy ruidosos ni tampoco eran sus padres porque era tonto que intentasen entrar por el patio. Corrió hacia el cuarto de sus padres, revolvió el armario de Gabriel y halló la pistola que se suponía que nadie iba a encontrar. “Es mi salvación” se dijo.
Las luces del barrio se cortaron y la casa quedó a oscuras. Gabriel Junior se dirigió al patio, abrió la puerta del fondo y se dirigió hacia el techo de su casa. Allí vio a una sombra quieta que estaba sentada como tocando algo. Gabriel Junior apuntó cuidadosamente y disparó sin siquiera dar señales de su propia presencia. No sabía quién era ni supo si había acertado (porque cerró los ojos antes de apretar el gatillo) hasta que oyó un alarido de dolor y luego el ruido de una caída estrepitosa del lado de la calle…
Orgulloso de sí mismo, corrió a contarle a su hermana lo que acababa de hacer pero ella, que ya estaba frente al cadáver, detuvo a su hermano para que no avanzara más. Entonces, el niño miró con más atención el cadáver y comprendió el motivo de consternación de su hermana: ¡Acababa de matar al padre de Roberto! Stella Maris tenía el rostro empapado en llanto mientras que Roberto miraba a Gabriel Junior con rabia.
- ¿Quién pudo hacer algo así? – se lamentaba ella, al tiempo que abrazaba a su amigo. Su hermano bajó la cabeza y entró a la casa sin decir palabra.
- No sé, Stella. Hay cada miserable por estos lados… – contestó Roberto en tono sarcástico. – Tal vez fue un niño torpe que disparó al extraño en el tejado solamente para hacerse el héroe sin darse cuenta de que mi papá solamente estaba tratando de conectar la antena satelital.
- ¡No te atrevas a culpar a mi hermano! ¡Él no mató a tu papá! – saltó Stella, indignada y en medio de las lágrimas.
- ¡¿Y entonces quién fue?!
- ¡No sé pero él no fue! – Stella corrió hacia su casa y cerró la puerta con llave. La luz regresó. La niña llamó a su hermano insistentemente pero no tuvo respuesta. Entró en su cuarto y vio justo frente a la cama el retrato que había estado pintando el niño. Él estaba recostado en la cama pero no parecía haberse percatado de la presencia de la chica.
- ¡No puedo creer que hayas pintado eso! – exclamó entonces ella, angustiada y salió corriendo mientras lloraba fuertemente.
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