martes, 26 de mayo de 2009

Capítulo 1

Acá va otra de mis novelas con interés de llegar a mis allegados (valga la redudancia): algunos amigos de Mercedes, otros de Córdoba, al ex amor de mi vida por medio de pequeñas y grandes alusiones (algunos se convierten en personajes, otros están de pasada).

Esta historia trata de dos amigos que se conocieron en la adolescencia luego de vivir cosas bizarras que marcaron sus vidas. El primer capítulo es algo "misleading" cuyo contenido no hace completamente a la historia pero bueno. Espero que les guste... Ah, y toméun personaje de ficción que me gustaba mucho



Gabriel Muñoz estaba saliendo de su oficina para almorzar y apremió a su hijo para que lo siguiera, con voz autoritaria. El hombre era comisario de la central de policía y era bastante respetado por sus colegas. Él tenía sus expectativas puestas en sus dos hijos (que aún eran niños) para que siguieran sus pasos y llegaran más alto que él. Su mujer, Sandra, trabajaba como oficial en la misma central y adoraba su trabajo porque con el tiempo se había vuelto una experta.
Gabriel Junior, el muchachito, odiaba tener que responder a las expectativas de sus padres porque a él no le gustaba la violencia. Él prefería sentarse en un lugar tranquilo y dibujar o tocar el piano. Como sus padres pensaban que contratarle a un maestro para que le enseñara, el muchacho aprendió a tocar de oído y hasta había compuesto algunas sonatas. Usualmente lo acompañaba una amiga llamada Victoria, en quien él se inspiraba para componer y quien adoraba escucharlo hasta que un día le pidió que hiciera canciones para que ella pudiera cantar ya que la niña se había descubierto talentosa para eso.
Victoria y Gabriel Junior siempre estaban juntos tocando el piano, cantando algo, pintando y a veces ella le daba lecciones de tango. Sus padres suponían que los niños se gustaban ya que, pese a tener sólo once años, ya estaban en edad de mirar al sexo opuesto. A Sandra no le agradaba la idea de tener que compartir a su hijo con otra tan pronto pero a Gabriel, en cambio, le fascinaba la idea de saber que el niño no tenía inclinaciones hacia los de su mismo sexo.
- Que prefiera las actividades creativas a la violencia no lo hace gay. – protestaba Sandra, mientras almorzaban juntos.
- No sé, Sandra, preferiría que aprendiera un poco nuestro oficio: a ser más observador, autoritario, a defenderse… debería ser más fuerte. – murmuraba Gabriel, preocupado mientras observaba a su hijo difuminar el color de un lápiz para crear un efecto de luz sobre su dibujo.
- ¡No le vas a enseñar a disparar con el revólver! – lo reprochó su mujer. – Todavía es muy chico para eso.
- De eso se encarga Miguel y te aseguro que el chico está muy lejos de querer apretar el gatillo.
- Papá, ¿no me puedo ir a casa? ¡Estoy aburrido acá! – protestó Gabriel Junior mientras guardaba las cosas de dibujo en su mochila del colegio. - ¿Por qué tengo que venir acá siempre desde la escuela?
- Porque queda más cerca. – contestó Sandra, en tono severo mientras se llevaba unos fideos a la boca.
- ¡Pero yo me sé tomar el colectivo!
- ¡Qué vas a tomar el colectivo vos! ¡Si sos más colgado que Tarzán! – lo recriminó su hermana, que acababa de llegar del colegio. Su nombre era Stella Maris y tenía sólo unos meses más que él. - ¡La otra vez te tomaste el colectivo equivocado y te dejó en la loma del culo!
- ¡Stella! – la regañó su madre, al oír la última palabra.
- ¡Ah, mamá, si acá todos hablan así! – Se defendió ella, distraídamente - ¡Y encima nos tomó toda la tarde buscarte porque ni sabías en qué barrio estabas ni sabés la dirección de tu propia casa!
Stella Maris y Gabriel Junior se llevaban bastante mal aunque a veces se aliaban para conseguir algo y se defendían mutuamente cuando alguien los molestaba. Tanto sus personalidades como su manera de ver la vida eran contrastivas: mientras que Gabriel Junior era sensible, callado y cuidadoso de sí mismo y de quien lo rodeaba; Stella Maris era agresiva, charlatana y atrevida. Ella quería llegar a ser inspectora de grande y seguir los pasos de sus padres. Adoraba ir a la central después del colegio porque le gustaba ver las patrullas, las personas uniformadas y porque se moría de ganas de aprender a manejar un revólver y a manejar una patrulla. Su padre, orgulloso, le había dejado a veces meterse en uno de los autos para tocar la sirena (siempre que no distrajera a la gente que trabajaba) y le enseñaba los tipos de infracciones que cometían las personas en las calles (desde infracciones de tránsito hasta asaltos). Aun así, él no descuidaba su rol de padre y trataba de protegerla de cualquier conocimiento que pudiese hacerle daño. Jamás le dejaba ver los artículos en los periódicos en los que se veían fotos de asesinatos sangrientos ni pensaba llevarla (ni dejar que la llevaran) a un calabozo o a la prisión. No era que no quisiese mostrarle la realidad sino que la realidad que se veía allí era distinta de la que veía la gente de afuera.
La familia Muñoz tenía un origen bastante peculiar: Gabriel y Sandra habían formado un matrimonio feliz pero por separado. Antes de casarse con Sandra, Gabriel había tenido por esposa a una mujer llamada Ana y Sandra también se había casado con un hombre llamado Juan Cruz Lorenzo. Ana estaba a punto de tener una hijita al tiempo que Sandra estaba embarazada de tres meses de un varoncito. Entonces ocurrió una desgracia que separó a ambas parejas. Afortunadamente, Gabriel se quedó con la niña y Sandra tuvo a su bebé seis meses después. Como no podían estar solos teniendo cada uno un bebé, decidieron juntarse para cuidarlos y acabaron uniéndose en matrimonio.
Así, los dos bebés acabaron siendo hermanos y criándose juntos. Para que cada padre se sintiera más cercano al hijo del otro, Sandra nombró a la niña “Stella Maris” y Gabriel le dio su nombre al bebé de su mujer.
Pero la familia de Ana (la ex esposa de Gabriel) no aceptó la unión. Miguel, se llevaba bastante mal con Sandra y quería lastimar a su hijo aunque todavía no se le ocurría una forma indirecta de lograrlo. Por el momento, se dedicaba a mostrarle todo lo que Gabriel se negaba a mostrarle a su hija e intentaba enseñarle a manejar un revólver.
Miguel se acercó a Gabriel Junior, que acababa de terminar su guiso de carne, y le indicó que lo siguiera porque quería enseñarle puntería. Stella lo siguió entusiasmada mientras su hermano caminaba a su lado de mala gana. Cuando todos estuvieron en el campo de tiro, el hombre le empezó a dar indicaciones al niño pero ignoró a la niña.
- ¡Pero Junior! ¡No seas maricón! – lo regañó Miguel al ver que, cada vez que él apretaba el gatillo, Gabriel Junior se cubría los oídos con las manos y cerraba los ojos.
- ¡Es que me aturde! ¡Tengo oídos sensibles! – protestó él sin destaparse los oídos.
- ¡Acá no hay lugar para oídos sensibles! Dale, probá vos ahora. – Gabriel Junior cogió el arma y se puso frente al blanco sin destaparse las orejas.
- ¡Pero no te tapés los oídos o vas a disparar para cualquier parte! – el niño se descubrió las orejas y dejó que su instructor le enseñase a tomarla correctamente pero, cuando apuntó, no podía apretar el gatillo porque el miedo al estruendo le impedía hacer la fuerza suficiente.
- ¡Ah, sos un looser! – lo insultó su hermana al tiempo que le quitaba el arma y hacía un disparo distraído que dio justo en el blanco.
- ¡Eh, avisá antes de disparar que me aturde! – le recriminó Gabriel Junior, irritado mientras se llevaba de nuevo las manos a los oídos.
- ¡No! ¡Vos no toqués eso! ¡No es para nenitas! – le gritó Miguel haciéndose el responsable.
- ¡Andá! ¡Yo me voy con la mamá para que me lleve a casa! – se quejó Stella marchándose sin saludar a su tío ni a su hermano.
Una vez que toda la familia estuvo en la casa, Stella desapareció como cuando tenía deseos de explorar la casa (que estaba llena de cuartos y pasadizos secretos y que nunca dejaba de sorprender a la niña) y Gabriel Junior se fue a pintar un retrato que no dejaba ver a nadie. Gabriel y su mujer fueron directamente a dormir porque habían tenido un día agotador.
En la noche, algo inesperado ocurrió: eran las ocho de la noche y, mientras Sandra y Gabriel estaban fuera, Stella jugaba en la calle con su vecino Robertito a los policías y ladrones. Gabriel Junior seguía pintando su retrato al tiempo que se preguntaba por qué ese día no había invitado a Victoria a visitarlo. “No, querría ver el cuadro y no se lo puedo mostrar porque no le va a gustar” se contestó.
De repente, oyó ruidos en el patio. Sabía que no se trataba de Stella ni de Roberto porque los habría escuchado entrar y abrir la puerta del fondo porque eran muy ruidosos ni tampoco eran sus padres porque era tonto que intentasen entrar por el patio. Corrió hacia el cuarto de sus padres, revolvió el armario de Gabriel y halló la pistola que se suponía que nadie iba a encontrar. “Es mi salvación” se dijo.
Las luces del barrio se cortaron y la casa quedó a oscuras. Gabriel Junior se dirigió al patio, abrió la puerta del fondo y se dirigió hacia el techo de su casa. Allí vio a una sombra quieta que estaba sentada como tocando algo. Gabriel Junior apuntó cuidadosamente y disparó sin siquiera dar señales de su propia presencia. No sabía quién era ni supo si había acertado (porque cerró los ojos antes de apretar el gatillo) hasta que oyó un alarido de dolor y luego el ruido de una caída estrepitosa del lado de la calle…
Orgulloso de sí mismo, corrió a contarle a su hermana lo que acababa de hacer pero ella, que ya estaba frente al cadáver, detuvo a su hermano para que no avanzara más. Entonces, el niño miró con más atención el cadáver y comprendió el motivo de consternación de su hermana: ¡Acababa de matar al padre de Roberto! Stella Maris tenía el rostro empapado en llanto mientras que Roberto miraba a Gabriel Junior con rabia.
- ¿Quién pudo hacer algo así? – se lamentaba ella, al tiempo que abrazaba a su amigo. Su hermano bajó la cabeza y entró a la casa sin decir palabra.
- No sé, Stella. Hay cada miserable por estos lados… – contestó Roberto en tono sarcástico. – Tal vez fue un niño torpe que disparó al extraño en el tejado solamente para hacerse el héroe sin darse cuenta de que mi papá solamente estaba tratando de conectar la antena satelital.
- ¡No te atrevas a culpar a mi hermano! ¡Él no mató a tu papá! – saltó Stella, indignada y en medio de las lágrimas.
- ¡¿Y entonces quién fue?!
- ¡No sé pero él no fue! – Stella corrió hacia su casa y cerró la puerta con llave. La luz regresó. La niña llamó a su hermano insistentemente pero no tuvo respuesta. Entró en su cuarto y vio justo frente a la cama el retrato que había estado pintando el niño. Él estaba recostado en la cama pero no parecía haberse percatado de la presencia de la chica.
- ¡No puedo creer que hayas pintado eso! – exclamó entonces ella, angustiada y salió corriendo mientras lloraba fuertemente.

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