miércoles, 27 de mayo de 2009

Capítulo 2

En la acotación anterior cometí un error. La explicación dispersa de la vida de Gabriel no está puesta sin razón sino para explicar el trasfondo de su historia aunque ésta tome un rumbo muy diferente que no incluya a su primer antagonista (Miguel).

Adelanto un poco de ésta. La visión de un nuevo personaje...

En fin... sigamos leyendo...

La casa de Edmunda

Me quedé contemplando la figura de mi padre mientras Stella se dirigía corriendo hacia su casa y cerraba la puerta dando un estruendo. Entonces, mi padre se despertó y se sacó del bolsillo de la remera una lapicera roja reventada que había explotado y le había manchado toda la remera. Al verlo reírse, me dieron ganas de dejarle el ojo morado pero él me dijo en tono serio:
- A este niño tienen que vigilarlo. Mirá que dejarle usar un arma. ¿Se creen que porque son policías, los niños pueden usar sus cosas? Pudo matarme en serio.
- Mirá, la verdad es que me sorprendió mucho verte así como muerto si el Nuni tiene más mala puntería que ciego con parkinson. – contesté, empezando a reírme para sacarme los nervios. – ¿Y qué? ¿Le decimos que era todo una broma?
- No, dejá. No voy a presentar cargos pero mejor que al menos se queden los padres con cargo de conciencia.
Los días siguientes, mi padre evitó encontrarse con los Muñoz pero yo quería gozar a Gabriel un tiempo más. El niño me daba mucha bronca porque era todo lo contrario de lo que para mí debía ser un hombre: no era fuerte ni trabajador ni siquiera valiente. No le gustaba jugar al fútbol, no se entretenía desarmando cosas para ver qué tenían adentro, no se enredaba en peleas, no molestaba a las niñas del barrio… ni siquiera se defendía cuando intentaban golpearlo. Mis compañeros del colegio se aburrieron de intentar patotearlo porque reaccionaba igual que un muñeco de ésos a los que uno golpea y vuelve a estar de pie. Ni siquiera lloraba o gemía.
A mí me molestaba el ver que jamás reaccionaba a ningún estímulo a ser un niño común. Por eso me daba siempre tanta bronca el solamente verlo. Pero desde ese día, me divertiría haciéndole sentir mal…
Pero ni siquiera resultó divertido intentarlo: no porque viera en él reacciones lastimeras sino porque no se le movía un pelo. Sé que empezó a ir a la iglesia pese a que su familia era atea y hasta se hizo bautizar. Cuando lo veía salir, me le acerqué y le dije en tono serio:
- ¿Qué? ¿Prometiste ir a misa todos los días a ver si Dios te perdona lo que le hiciste a mi familia?
- No, empecé a ir porque me sentía vacío. Me preguntaba qué iba a pasar con el alma de tu papá y como no encontraba una respuesta, decidí buscarla acá… y descubrí que a mí lo que me faltaba era justamente Dios.
- El único capaz de perdonar tu crimen. – repliqué intentando borrar de él la sonrisa de enamorado de Dios.
- Sí. Claro que, para que Dios me perdone, debo tener fe en su perdón y seguir adelante sin alejarme de él. ¡Dios es amor, Robertito! ¡Y yo nunca me había dado cuenta de lo bueno que era para mi vida! – Entonces, yo salí corriendo sin saber si el chico realmente era un muñeco que se levantaba después del golpe o si me estaba tomando el pelo como a un tarado. - ¡Perdoname, Robertito!
En fin, ni así podía conseguir molestarlo. Era como si se hubiese puesto un escudo muy fuerte para no tener que enfrentar mi venganza. Esperaba, al menos, que él estuviese sufriendo verdaderamente.
Pero un día se me presentó la oportunidad perfecta para arruinarlo. Stella se acercó a mí, un tanto perturbada y me comentó que Gabriel había estado pintando un retrato que no dejaba ver a nadie pero que ella había visto por curiosidad… y había visto algo que no podía creer y que no la dejaba dormir.
- ¿Pintó algo horrible? – le pregunté, intrigado. – Ya me parecía que el Nuni tenía su lado oscuro.
- Te aseguro que, si la Toty lo viera, sería el fin de su amistad con mi hermano. – Entonces me di cuenta de que ella me estaba incitando a usar aquel dato en contra de Gabriel y le sonreí a mi amiga con maldad. Para mi sorpresa, ella hizo lo mismo. Stella no soportaba a esa Toty porque decía que le quería quitar la masculinidad a Gabriel y le metía en la cabeza esas ideas de Dios, del arte, de que los deportes llevaban siempre a la violencia y que el uso de la fuerza bruta esa solamente de bárbaros.
- Igual, mañana nos mudamos a San Luis así que se van a separar seguro pero yo quiero algo más definitivo.
A la mañana siguiente, Stella robó el cuadro que su hermano estaba a punto de terminar y corrió a mi casa a mostrármelo. Como era un día sábado, su hermano estaba de visita en casa de Toty para despedirse de ella así que no le prestó atención al cuadro pero cerró la puerta de su cuarto con llave. “Claro que eso nunca fue para mí un obstáculo” dijo ella mientras reía con crueldad. Y, por fin, me lo mostró. Al verlo, no sé si me puse blanco y después rojo, si sentí lástima por él o regocijo por saber que él estaba sufriendo mucho o si solamente miré a Stella con cara de idiota.
Mucho tiempo había fantaseado con ver lo que había en el misterioso cuadro. Los últimos días me había imaginado el cuadro de mi padre muerto y desmembrado o la de algún demonio maldito (incluso a Gabriel vestido con tutú); pero al ver por fin el retrato, supe que hubiera preferido ver a mi padre desmembrado.
- Esto sí que le va a disgustar a la Toty. – murmuró Stella, contemplándolo una y otra vez con suficiencia como si ella misma lo hubiese pintado. – cuando venga, la llamamos y se lo mostramos.
Como si hasta los dioses y los espíritus estuviesen en contra de aquella relación melosa, las cosas salieron tal como Stella las había planeado. Gabriel y Victoria llegaron juntos a la casa de él, Gabriel entró a la casa y le dijo que lo esperara mientras iba a buscar algo de jugo y Toty se quedó sola sentada en la verja de piedra. Al verla, corrimos hacia ella llenos de entusiasmo perverso.
- ¡Toty, a que no adivinás qué es lo que tenemos! – exclamó Stella, sin poder disimular su entusiasmo.
- Un cuadro. – contestó Toty, con indiferencia mientras veía el cuadro que Stella tenía (dado vuelta para que la niña no lo viera aún).
- Sí, pero no es un cuadro cualquiera. – repuse yo, en tono misterioso. – Es ése que el Nuni no deja que nadie vea.
- ¿Y por qué lo tienen? Él me dijo que era muy importante para él y que no podía dejar que nadie lo viera. – inquirió Toty, ahora indignada.
- ¿No lo querés ver?
- No, no quiero. – la niña miró hacia otro lado.
- ¿Segura que no querés? – la tentó Stella. Toty intentaba parecer convencida pero la miraba de reojo tratando de disimular su curiosidad. - ¿No te da ni un poquito de curiosidad?
- ¡A verlo! – Stella dio vuelta el cuadro y Toty se quedó pasmada al verlo. Sé que no quiso decir nada por no ponerse a llorar porque se paró y se fue corriendo a su casa sin siquiera esperar a su amiguito.
Al rato, salió Gabriel con una jarra de jugo y dos vasitos de plástico y no llegó siquiera a preguntar dónde estaba su amiga cuando me vio a mí con el retrato que él le había prohibido tocar a todo el mundo.
- ¿Se lo mostraste? – me preguntó, con los ojos húmedos.
- Sí, y me voy a seguir vengando de lo que nos hiciste.
- Bueno, hacé lo que quieras. Te lo regalo. – Gabriel entró en la casa con esa tranquilidad que tanto me irritaba y creo que en ese momento me dieron ganas de llorar de rabia porque no había conseguido verlo quebrarse frente a mí y suplicarme perdón o, por lo menos, intentar golpearme.

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